el papel de los mitos en la conquista de América (III): ¿qué sabía Colón?

Pero el gran objetivo de todos y cada uno de los conquistadores europeos fue la obtención de riquezas, especialmente oro, y por ello se embarcaron hacia la búsqueda de una nueva ruta hacia Asia, ya que Colón está convencido que en Cipango encontrará el lugar donde “nace el oro”. También Martín Alonso salió de Palos convencido de eso, como muestra el testimonio de Fernán Yáñez, quien pone en boca de Alonso las palabras:

“Amigos que andáis aquí misereando, andad acá, fos con nosotros esta jornada, que avemos de descubrir tierra con la ayuda de Dios que, segund fama, avemos de fallar las casas de oro, y todos vernéis ricos e de buena ventura.”

Marco Polo ya hablaba de Cipango cuando decía que el palacio del rey (de Cipango) estaba totalmente recubierto de oro, una “casa con tejas de oro”. De hecho, para Marco Polo la isla de Cipango constituía un territorio fabuloso, donde todo es posible y donde se encuentran todas las maravillas del mundo. Por tanto, debía ser allí donde se encontrara una ciudad hecha toda de oro, llena de perlas; con el rey más poderoso que se creía, el Gran Kan, a quien se le suponía vestido de finas sedas y suaves pieles. Pero el interés en contactar con el Gran Kan no era nuevo, ya que su leyenda hacia mucho tiempo que se conocía en Europa, donde todos querían encontrarle para conseguir un fuerte (y rico) aliado en la lucha contra los musulmanes.

En su viaje, Colón iba de un lado para otro en búsqueda del oro siguiendo las indicaciones de los indios, y aunque a medida que avanza en el tiempo y el territorio va consiguiendo este tesoro tan preciado, nunca será de la magnitud que todos ellos esperaban. Además, podríamos decir que a menudo Colón entendía de las palabras de los indios lo que él quería oir. Así, por ejemplo, cuando Colón oye hablar a los nativos de Cibao como una ciudad muy rica, el conquistador rápidamente saca sus propias conclusiones y supone que Cibao debía ser Cipango, la tierra que tanto anhelaba por las descripciones que de ella había leído, sobretodo en el libro de Marco Polo.

Pero la leyenda del Gran Kan y su poder no era la única que conocían los conquistadores europeos. Otra de muy importante era la del Preste Juan, que era el otro personaje que querían encontrar, junto al rey del Imperio Mongol. Colón también llevaba cartas de parte de los Reyes Católicos para el Preste Juan, a quién se le habían atribuido muchas ubicaciones geográficas (desde África, sobretodo en Etiopía, hasta en Asia, como era el caso).

La leyenda del Preste Juan, que va desde el siglo XII hasta el siglo XV o inicios del XVI, estaba esparcida por toda Europa y, en general, las fuentes de donde surge están relacionadas de una forma u otra con la idea de “cruzada”. La leyenda cuenta que el Preste Juan era un rey cristiano ubicado en las Indias. El objetivo que tenían los monarcas europeos intentando ponerse en contacto con él era que éste viniera de Oriente para recuperar Tierra Santa y aniquilar el poder musulmán. Para hablar todavía de una mayor fama incluso se dijo que el Preste Juan había derrotado el ejército mongol del Gran Kan. Sean o no ciertos algunos aspectos de esa leyenda, sí que lo es el hecho de que fue una de las razones que Cristóbal Colón empleó para justificar su viaje hacia la Asia por el oeste: encontrar al Preste Juan para que éste ayudara a Fernando el Católico en su soñada cruzada contra el islam. Fuera o no sólo una excusa para ir a buscar riquezas en esas tierras, cuadraba en el discurso religioso de la época.

Con todas esas leyendas de grandes personajes y de las fantasías que llenaban las tierras desconocidas Colón no tenía nada para orientarse hacia ellas. Colón compartía ese imaginario colectivo con gran parte de los europeos pero, ¿en qué se basó para hacer su propuesta y realización de ese gran viaje?

En este sentido, Cristóbal Colón se alimentó de las publicaciones de antiguos geógrafos, como es el caso de Pierre d’Ailly y su Imago mundi, obra que Colón utilizó muy intensamente en sus viajes en África y América; y el de Ptolomeo, personaje muy influyente en la reconfiguración del espacio geográfico. Además, Colón también conocía la famosa narración de Marco Polo, donde éste documenta sus viajes por China y sus alrededores.

La información geográfica que se obtuvo de Marco Polo siempre fue a través de su obra, El libro de las maravillas (también llamado, por ejemplo, Los viajes de Marco Polo), dónde cabe recordar que se cita en nombras ocasiones al Gran Kan o al reino del Preste Juan, reino acosado siempre por infieles. En su libro, Marco Polo describía todos los territorios y civilizaciones que visitó durante su estada de, supuestamente, diecisiete años en Asia. Su testimonio serviría, en primer lugar, para reconocer Asia cuando llegasen.

Pero, topográficamente, Colón se basó en Pierre d’Ailly, que consideraba que existía una simetría en la configuración de los continentes, y Ptolomeo, quien utilizó un sistema de latitud y longitud que de ejemplo a los cartógrafos durante muchos años.

De hecho, la teoría que Pierre d’Ailly expone en su Imago Mundi es la existencia de cuatro continentes, dos en el este y dos en el oeste, a la vez que dos en el norte y dos en el sur. Así, en la parte del mundo que d’Ailly conocía, se encontraba Europa en el norte y África en el sur. En el otro lado del mundo, en el oeste, se encontraba el otro continente conocido, Asia, y según esa teoría, en el sur de Asia debería situarse otro continente, en este caso desconocido, el que Colón probablemente pretenía encontrar.

Además, al parecer, cuando Colón reflexionaba sobre cómo llegar a Cathay, tenía en sus manos un mapa diseñado por el geógrafo griego del siglo I, Ptolomeo, un mapa que mostró claramente que el mundo era redondo. Pero aún así, esta obra contiene graves errores, como el cálculo de la circunferencia de la Tierra, que cifra entre 25.000 y 30.000 km., lo que movió a Colón a intentar llegar a las Indias por el Oeste, suponiendo incorrectamente que se encontraban mucho más cerca de lo que están en realidad.

Pero Colón a parte de instruirse con mapas y datos de geógrafos reconocidos, parece ser que también utilizó cierta información que le proporcionó un náufrago. Esa historia responde al nombre de la leyenda del piloto anónimo, mito del cual da cuenta en sus testimonios Bartolomé de las Casas. Aún así, Fernando Colón, hijo de Cristóbal Colón, siempre negó siempre negó la existencia de ese misterioso náufrago y defendió que nadie antes que Colón supo de las tierras que éste las halló en 1492.

La leyenda, corroborada por Las Casas, cuenta que alguien informó a Colón de la existencia de tierras al otro lado del océano. Es alguien (el llamado piloto anónimo) habría aportado detalles bastante ajustados sobre algunas islas y la vegetación que allí se encotrarían, pero también, y quizás es lo más importante, aportó información acerca las distancias. Según la leyenda, ese piloto anónimo sería un piloto portugués o castellano que al regresar de Guinea se vió impulsado hasta las Antillas por alguna tormenta. Tras un tiempo allí consiguió regresar, y fue entonces cuando conoció a Colón y lo informó, poco antes de morir, de lo que había descubierto.

Así, de un lado tenemos todos los mitos y leyendas de los que los europeos creían que se iban encontrar en Asia, desde monstruos hasta amazonas, pasando por sus sueños materiales para encontrar la riqueza, ciudades hechas de oro, ríos de oro y piedras preciosas, etc.

De otro lado hay los mitos de cómo Colón dirigió a toda la expedición directos hacía el territorio que hoy conocemos como América. ¿Llegó por error o realmente era lo que buscaba después de conocer, por ejemplo, la teoría de Pierre d’Ailly o las vivencias del llamado piloto anónimo? Nadie sabe con certeza la información que poseía Colón pero es bastante probable que conociera más de lo que nos imaginamos.


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